Jostaldi de Hondarribia


Son las cuatro de la tarde. Hace  mucho calor en el exterior del frontón, el visitante calcula que la temperatura rondará los treinta grados, y eso que sopla una ligera brisa procedente del noroeste. El parking está desierto salvo dos o tres coches. El visitante levanta la vista y en la fachada del edificio lee: JOSTALDI PILOTALEKUA. Unos metros más arriba la brisa ondea una pancarta donde lee: Hondarribia Jai-Alai y el anuncio en tres idiomas informando de partidos todos los viernes, los meses de julio y agost, a las 20:00 horas.

El visitante entra en el recinto. El calor es ahora sofocante, más bien insoportable, lo más parecido a una sauna. El sonido de la pelota contra las paredes mezclado con gritos de !Sale¡… ¡Voy!..  se hace cada vez más audible conforme avanza por el pasillo que da a la cancha. Cuatro pelotaris, cuatro valientes, con camisetas elásticas de diferentes colores parecen disputar el partido de sus vidas. Dos de ellos son venidos de bien lejos, de la ciudad de Méjco. Los otros dos son vascos, guipuzcoanos, uno de Hondarribia y el otro de Errenteria. El visitante duda si permanecer en el frontón o buscar cobijo en alguan cafetería cercana que disponga de aire acondicionado. Opta por lo primero.

El sudor corre ya por su espalda. Se pregunta cómo se sentirán esos cuatro valientes a esa hora y a esa temperatura. Qué les motivara.

Daniel Inclán y Eduardo Cordova, los dos mejicanos, saben que de estos ensayos depende se clasifiquen para el próximo Campeonato del Mundo a celebrarse en Barcelona, por el mes de octubre. Previamente disputarán el Campeonato Nacional en Méjico, de ganarlo, estarán en Barcelona.

Eduardo Cordova, es zaguero, rondará la treintena, dueño de una empresa que confecciona uniformes, confía en clasificarse, dice que tienen muchas opciones, forman una buena pareja. Además, ensayan estos días siempre que pueden y allá donde les inviten. Biarritz, Zumaia, Mutriku, Gernika… Daniel Inclán —abogado de profesión, primo carnal de Samuel Inclán, uno de los más grandes puntistas que ha dado Méjico— dice estar cansado. Anoche ensayaron en Biarritz, después la cena y más…     

Dsaniel Inclán es un pelotari veterano, se le nota que conoce el oficio, remata de costado, rebotea con ambas manos con soltura. Se mueve por la cancha con el entusiasmo de un debutante.

Los dos jugaron la temporada pasada en el Jai-Alai de la ciudad de Méjico.

En otros lugares, en otros deportes, cuando la temperatura sobrepasa lo humano, los partidos se suspenden, se paraliza la actividad. Aquí no. Me río de los deportes extremos. Estos cuatro valientes siguen a lo suyo, intercambian compañeros, y siguen sin descanso.

Oier Enrique es de Errenteria y hoy es su primer día de vacaciones. En lugar de irse a la playa o al monte, ha venido a ensayar, a practicar lo que más le gusta. Lo lleva haciendo durante muchos años, como pelotari, como monitor. Y hoy como sparring de una pareja que busca la gloria que le pueda reportar representado a su pais, a Méjico.

Antton Ageda es el zaguero de Oier, tiene 25 años y es ingeniero electrónico. Antton junto a Yoni Amboage de 46 años, ambos hondarribitarras, son el alma mater de Hondarribiko Pilota Eskola, la escuela de pelota. El visitante se pregunta qué sería de la pelota sin estos voluntarios que trabajan lo mismo pelando patatas para preparar un marmitako que se ofrecerá tras el partido, como cuidando con mimo todo tipo de detalles. Este año han conseguido que Hondarribia dispute el Interpueblos en la modalidad que ellos veneran: cesta-punta. Dicen que el trabajo da sus frutos. Así reza el titular de una recorte periodistico expuesto en uno de los pasillos del frontón.

Llevan más de una hora de ensayo. Corren adentro, al ancho, rebotean y rematan… en una de estas sale de la cancha Antton Ageda y le ofrece un botellin de agua al visitante. Éste les da la gracias y dice que no, en solidaridad, aunque de muere de la sed.

Pasa otra media hora, son las cinco y media de la tarde, los cuatro valientes siguen a lo suyo. Más que ensayando disputando el partido de sus vidas. Al visitante le gustaría charlar, saber un poco más de sus vidas, pero teme por la suya, por su salud. Se rie de los deportes extremos tan en boga. Que vengan al Jostaldi de Hondarribia, en pleno verano, a las cinco de la tarde, que cojan una cesta y se batan como lo hacen estos cuatro magnificos, con distintos objetivos pero con la misma pasión.

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